Expertos en robótica de la Universidad de Tsukuba, en Japón, desarrollaron una suerte de “bebé cibernético” que serviría para la práctica de "padres primerizos", una espantosa réplica, desproporcionada y rudimentaria, capaz de simular mecánicamente los comportamientos, emociones y funciones fisiológicas básicas de una criatura recién nacida. Yotaro, tal es su nombre, ríe, llora, estornuda y se fastidia. Hace, en fin, las cosas que normalmente haría un bebé ¿o un "bobot"? pero con la finalidad de contribuir a la experiencia previa y para comprobar la reacción de los futuros padres.
Ultimamente los japoneses no dejan de asombrarnos con su prolífica inventiva en materia cibernética. Distintos proyectos abonan su interés particular en desarrollos humanoides que interactúen con el hombre con distintos objetivos, más allá de finalidad lúdica del Tamagotchi, la mascota virtual que causó furor hace más de diez años atrás. Pero Yotaro, que no es una mascota ni pretende sustituir a un mayordomo o a tu secretaria, habla a las claras de cierta tendencia generalizada, ya no a hacernos la vida más fácil, sino a suprimir la determinación y la madurez de los adultos.
La paternidad no es algo que se compre a la vuelta de la esquina, tampoco es un título profesional y nada indica que los padres de Albert Einstein fueron mejores que los tuyos o los míos. Es tan simple ser madre y padre como salir andando en bicicleta, y a su vez tan complejo como conocer el misterio de un universo cuyos límites aún ignoramos. Si alguien necesitara de Yotaro para atender las necesidades básicas de un hijo algo malo está ocurriendo con la humanidad o los japoneses, otrora dueños de una cultura prodigiosa, están perdiendo el tiempo en tonterías.

